Sé sincero: no es hambre lo
que tienes, sino puras ganas de comer. No importa cuánto comas: cuando estás
ansioso nunca te llenas. O sea, que tu hambre no es más que apetito por stress.
¡Contrólalo! Los alimentos son necesarios para mantenernos vivos, sanos y con
energía, pero el exceso de comida puede producir enfermedades como sobrepeso,
gastritis, etc.
En lugar de asaltar la
heladera y comerte todo lo que haya, en vez de comprar todos los chocolates
disponibles o pedirle a tus amigos que traigan golosinas al grupo de estudio,
prueba lo siguiente:
Los azúcares simples y
complejos son los principales responsables de las sensaciones de saciedad por lo
que privarse de éstos conlleva al mal humor y a la necesidad de dulces. Para
evitar que la situación se agrave, es por tanto necesario remontarse a las
causas, evitando imponerse regímenes restrictivos que nunca se cumplirán, y
causarían después estrés ante el fracaso.
Separar la relación entre
emociones y comida: este es el único método para ignorar el hambre por estrés,
evitando las dietas impuestas por uno mismo, y restableciendo un adecuado
equilibrio alimenticio. En los casos más drásticos es mejor dirigirse a un
centro especializado en el tratamiento de los trastornos
alimenticios.
La dieta para este tipo de
hambre debe de ser la adecuada: debe considerar la trasgresión que lleva a
desear en menor medida la comida, controlando el mecanismo que acciona el hambre
inexistente. Obviamente, el tratamiento de la trasgresión es fundamental para
recuperar el control, y evitar recaer en los errores del hambre
nerviosa.




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